La cruda realidad

Por Daileen Joan Rodríguez

Cuando la gente habla de “la realidad por la que atraviesa el mundo”, empiezan por “lo malo que esta la economía” y “lo difícil que esta el conseguir un trabajo”. Que si “el crimen este” y “el caso aquel”, y toda esa maraña de asuntos que llenan las páginas de los periódicos.

Sí. Es cierto que hay muchos problemas y que no se resuelven solo hablando de noticias positivas o teniendo buenos pensamientos. ¡Hay que realizar actos positivos también! Omitirlos, ya es un acto de violencia.

Como ya sabrán, me gusta ver películas y saboreármelas, como los intelectuales a sus preciosos libros. Anoche vi “The Ugly Truth” con Katherine Heigl y Gerard Butler. Una comedia romántica sobre una productora de televisión en busca del hombre perfecto para establecer una relación de pareja. Mientras, tiene que lidiar con el machismo de uno de los talentos de la programación, quien resulta ser “un experto en relaciones” y de quien termina enamorándose.

Me morí de la risa. Al escuchar el diálogo me identifiqué con ellos y reencarné en toda una gata. Pues una de las citas del filme era: “Sí, me gustan los perros, …pero soy más una persona de gatos”.

¡Ha! esa línea me encanto! porque pensándolo bien, todos amamos la lealtad (en ocasiones representada por un perro), pero no tanto como a la libertad de elegir quien es nuestro dueño (típico comportamiento del gato).

Y es que así son los felinos hijos de la gran gata. Amorosos …y “leales” hasta que quieren explorar mundo y cazar vida silvestre “just for the fun of it”.

Por otro lado, nuestro problema humano está en la simple y Cruda Realidad, de que aunque quisiéramos, no podemos ronronear y llevarles muestras de afecto sin tener que ir más allá de un simple roce de cola a los pies de nuestra persona amada. Tenemos que verbalizar el amor y demostrarlo con actos.

Omitir una palabra de afecto ya es violencia. Se viola la propia libre expresión. Se viola la confianza que depositan los demás en nosotros. Se viola la propia confianza de los demás en sí mismos. Y eso acumula energía, que más tarde sale por “la culata”. Toda la violencia que vivimos es producto de una sola cosa; nuestra limitación para amar… y esa es nuestra cruda realidad.

No aceptamos que el amor requiere de valor para demostrarlo. Podemos reconocer que somos unos perversos animales que necesitamos sexo, (o en otros casos comida, techo, trabajo…) pero no reconocemos que somos seres producto del amor, que nos relacionamos unos con otros. Que todo lo que damos, regresa. La cadena es inquebrantable.

Recuerdo que tuve una profesora de arte, que estaba empeñada en que sus estudiantes identificáramos alguna “cosa” que odiáramos en la vida y lleváramos una muestra de ese sentimiento como herramienta para iniciar un proceso creativo.

Yo, que había logrado recientemente hacer las paces conmigo misma, estaba en la plenitud del amor. Yo respiraba amor por los poros, parecía una hippie despidiendo flores a mi paso y con “una sonrisa de idiota”. Estaba enamorada de la vida, plenamente feliz.

Pues, ¿pueden creer que la necia no creyó cuando le dije que no tenía nada que odiar? Me llamó mentirosa enfrente de toda la clase! …Sentí mucha pena por ella. Porque no podía creer que una de sus estudiantes fuera plenamente feliz.

Ese tipo de persona es violenta y hace que los que son felices pierdan su paz. Y ese ejercicio de amor incondicional está fuertemente vinculado a nuestras relaciones sociales, profesionales y maritales, de donde nace la familia, la base de la sociedad que está ahora mismo, allá afuera, en guerra.

Es una pena que nos neguemos a ser felices. Es una pena que incluyamos al prójimo en nuestro inventario de miserias. Es una pena que seamos lo suficientemente cobardes como para defender nuestro derecho de amar.

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